Entre la tentación y el pecado, la salida será la doble moral y la clandestinidad

Ante las Marchas por la familia y por la vida de esta semana, habría que parafrasear al Secretario del partido de gobierno francés, que responde así a marchas semejantes en su país en protesta contra la aprobación del matrimonio igualitario y reforma del aborto: «Hay que denunciar cuanto antes, las manipulaciones y mentiras en las que una franja reaccionaria de la sociedad trata de consolidar la oposición a la política del gobierno”.

Lo mismo dirían muchos demócratas americanos. Aquí no hay política de gobierno clara ni frente político que equilibre un monopolio de poder ejercido por una oligarquía de poderes económicos y mediáticos unidos –no solo para la marcha- a sectores conservadores de las iglesias católica y evangélica.

El comportamiento del gobierno respecto a estos temas ha sido poco firme: un plan de derechos humanos trabajado con metodología participativa y luego frenado cual parada de burro en el tema sexual (dicen que gracias a la mano del ministro Castilla luego de telefonazo venido desde los cielos); y un plan de campaña electoral declarando el Estado laico al tiempo que se recibía con rosario en mano la bendición del arzobispado. Dejando entrever poca convicción y conocimiento de la materia, diríase que los derechos de las mujeres o los “raros” siguen teniendo el mismo valor que tendrían en cualquier otra republiquita periférica mundial y no nos asombra que se trate de un capítulo más de la pesada historia de ciudadanías de segunda categoría que llevamos a cuestas como país.

El asunto no es tan intrascendente como parece. Primero, no se trata de “minorías” en cuanto a número de afectados por el tema sexual y reproductivo, sino que son llamadas “minorías” las que se enfrentan a una posición hegemónica. Pero en los derechos humanos, las mayorías no mandan. En segundo lugar, los temas del aborto o el matrimonio igualitario, no son sino un señuelo que permite tomar la fotografía del perfil de sujeto que el conjunto de instituciones de la sociedad civil y del estado está produciendo. Un perfil de ciudadano que se genera a través de distintas instituciones más allá del mero aparato estatal, y que pertenecen a la sociedad civil: iglesias, medios de comunicación, escuelas, familias, mercado. 

No es inocente que en momentos en que el rol del Estado disminuye en casi todo el mundo abandonando modelos de protección social en favor de la privatización económica, también el tema de la familia resurja de la mano de las iglesias: una posición favorecida por defensores del libre mercado -que no hay que confundir con el liberalismo político- pero conservadores políticamente.  

Al final, conservadores políticos y tradicionalistas religiosos acuerdan que la familia es el único bastión encargado de educar a los hijos por lo que obviamente hay que proteger su propio prototipo de familia y en segundo lugar, hay que terminar de vaciar al Estado de cualquier otra función que la de velar por el orden policial y la seguridad de fronteras y cárceles. Tal fobia al Estado resulta ridícula.

El Estado por sí solo nunca ha sido “revolucionario”. Si está en manos conservadoras, será conservador y si está en manos liberales, será liberal. El Estado no siempre será repartidor de igualdad de oportunidades, pero desde que existe la democracia, es la herramienta para no quedar condenados a un estado de cosas perpetuo como cuando los reyes gobernaban por mandato divino. El paso de un modo de gobierno religioso a uno laico significó que se abandonara el dogma por la ley temporal, y el despotismo por el debate; y en materia de familia, que el matrimonio tuviera una posibilidad de acabar si era insostenible, o que los hijos “ilegítimos” no quedaran desheredados ni fueran parias sociales, todo lo cual son razones históricas como para ver más allá de la manipulación de las banderas de la vida y la familia y desenmascarar subterfugios antidemocrátas y modelos culturales de dictaduras como la franquista o la de Pinochet.

Entretanto, ¿qué se dice sobre la libertad con que el mercado comercializa el sexo en los medios y en la publicidad de cualquier producto? ¿De la proliferación mundial de juguetes y libros para niños cuyas imágenes no son nada inocentes sino más bien bastante sexualizados? Nada. Se considera mayor peligro hablar de educación sexual. Entre la tentación y el pecado, los jóvenes están así atrapados y la salida será la doble moral y la clandestinidad.

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Publicado en La Mula el 22 de marzo de 2014.

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